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Victor ausente y el tío Alberto presente

Blonde

Victor ausente y el tío Alberto presente
Víctor ausente y el tío Alberto presente

Un par de años después de casarnos, Víctor y yo nos habíamos mudado a una casa muy amplia. Quedaba en la zona suburbana; era muy cómoda, con un jardín trasero interminable y una pileta de natación enorme.
Al poco tiempo Víctor recibió un llamado de uno de sus tíos del interior, Don Alberto, pidiéndole si podíamos alojarlo por un par de semanas; ya que necesitaba quedarse en Buenos Aires para hacer unos cuantos trámites…
Mi marido aceptó encantado, pensando que, durante sus ausencias, al menos yo me quedaría con un poco de compañía masculina en casa.

Al tío Alberto yo no lo conocía, pero me resultó un hombre de unos sesenta años muy poco agradable, bastante hosco y de pocas palabras. Se instaló en una especie de departamento independiente que teníamos en el fondo, con todas las comodidades. El hombre había sido albañil, así que se ofreció para hacer reparaciones en la casa durante sus momentos libres…

Al domingo siguiente vinieron otros parientes de Víctor a compartir un asado en casa y a disfrutar de la pileta. Algunos de ellos llevaban mucho tiempo sin ver a Don Alberto, así que estaban todos muy felices por el reencuentro. El tío se ofreció para hacer el asado, diciendo que era un especialista en parriladas.
Durante la sobremesa alcancé a escuchar una charla algo subida de tono, donde los viejos primos hablaban de lo mujeriego y fiestero que había sido el tío Alberto en su juventud y se reían de su antiguo apodo: “el burro”.

Esa noche, después de coger salvajemente con mi esposo, le comenté lo que había escuchado de sus tíos y primos. Víctor largó una carcajada y dijo
“Te podrás imaginar por qué le dicen “el burro”…”
Yo respondí que seguramente porque tendría una verga muy grande.
“Solo espero que nunca se te ocurra verificarlo…” Respondió riendo.

Un par de noches después, Don Alberto entró por el pasillo directamente al departamento del fondo. Venía acompañado por una mujer rubia apenas un poco mayor que yo. Le comenté a mi esposo que me parecía un poco desubicado que trajera una desconocida a nuestra casa.
Pero Víctor sonrió, replicando:
“Van a coger toda la noche y vas a tener que oír sus gritos desde el fondo”
Al poco rato, en efecto, alcanzamos a oír los gemidos de esa mujer.

Un par de días después Víctor tuvo que viajar al interior y esa misma noche el tío Alberto apareció con otra mujer, esta vez mucho más joven.
Me picó un poco la curiosidad y aprovechando que estaba sola, decidí ir a espiar a Don Alberto y su joven amante. Al acercarme a su ventana pude oír los gemidos de aquella chica. Me asomé silenciosamente por una orilla y pude ver al viejo entre los muslos abiertos de la chica, lamiéndole la concha, mientras ella se retorcía gimiendo de placer…

Comencé a excitarme con esa escena, a transpirar y a sentir palpitaciones, mientras me parecía que el corazón iba a salirse de mi pecho.
Mi sorpresa fue mayor, cuando Don Alberto se incorporó y le exigió a la chica que le chupara la verga. Vi una cosa descomunal colgando entre sus piernas; realmente su apodo le hacía justicia a esa verga enorme…
Su amante se la chupó de la mejor manera que pudo, ya que apenas le cabía en la boca. Cuando esa pija enorme estuvo bien endurecida a lengüetazos, el viejo hizo poner a la chica en cuatro y se preparó para penetrarla desde atrás.
La pobre chica dejó escapar un alarido de dolor terrible cuando sintió que Don Alberto empujaba esa serpiente dentro de su estrecha vagina. Yo lancé también un pequeño chillido de sorpresa y entonces justo el viejo miró hacia la ventana.

No sabía si él me había descubierto espiándolo; pero no tuve tiempo para averiguarlo, ya que salí corriendo de allí hacia mi dormitorio. Tuve que darme una ducha fría para tratar de calmar un poco mi calentura y finalmente me acosté en mi cama, mientras se escuchaban de fondo los alaridos de esa chica, soportando los embates de semejante verga…

A las cinco de la mañana me desperté sobresaltada, con el cuerpo empapado en sudor: había soñado que yo estaba en el lugar de esa mujer, con la verga de Don Alberto enterrada en mi vagina caliente y húmeda…

Al día siguiente encontré al viejo en el cuarto de lavado. Me espetó:
“Qué te pareció, Anita, cómo esa chica me chupaba la verga anoche?”
“Debe haberte gustado; te quedaste espiándome con la boca abierta…”
Yo me quedé paralizada, sin saber qué responderle.
“Usted se volvió loco… se cree que yo soy como esas putas que trae?”.
Le grité muy ofuscada, cuando pude reaccionar ante su comentario.

El viejo sonrió y comenzó a bajarse el cierre de su pantalón, sacando a la luz aquel pedazo de verga enorme, gruesa y ya bien dura. Yo bajé la vista para mirarla y volví a paralizarme, sin tener ninguna reacción…
Don Alberto se fue acercando y de repente me levantó en vilo entre sus brazos, estrechándome contra su pecho, a la vez que sus enormes manos bajaban a apretar mis nalgas. Entonces repentinamente sentí una descarga, como si fuera un orgasmo, que recorrió todo mi cuerpo…

“Ahora vas a gozar conmigo, parece que mi sobrino no te atiende bien…”
Yo cerré los ojos y el viejo bajó su cabeza para mordisquear mis pezones duros a través de mi vestido. Hacía demasiado calor esa mañana y yo no llevaba ropa interior bajo ese liviano vestido de verano.

De repente levantó mi falda con sus manos, dejando expuesta mi vulva depilada y ahora humedecida. Metió sus dedos entre mis labios vaginales y los sacó manchados con mis jugos. Sonrió diciéndome:
“Estás haciéndote la ofendida conmigo, pero tu concha me dice otra cosa”
Me levantó otra vez entre sus enormes brazos y me arrastró al comedor, para dejarme sentada en un sofá. Allí me arrancó el vestido a manotazos, convirtiéndolo en jirones y silbó admirando mi cuerpo desnudo.

Yo intenté cubrirme con mis manos y brazos, pero me encontraba superada por la situación y para peor, me sentía excitadísima y humedecida. Ya había tenido un orgasmo fulminante apenas el viejo me había tocado y ahora estaba casi a punto de alcanzar el segundo.

El tío se agachó y abrió mis piernas con sus manos, para luego meter su cabeza entre mis muslos y acercar su boca a mis labios vaginales. Apenas los rozó con su experta lengua, sentí que mi cuerpo temblaba sin control y me anunciaba la llegada de otro intenso y brutal orgasmo. El viejo lo notó:
“Acabaste otra vez, Anita… y apenas estoy empezando…” Dijo sonriendo.

Sentí que su lengua en mi vagina me hacía derretir, mientras oía mis propios gemidos que iban en aumento. Unos segundos después, otro tercer orgasmo invadía mi interior…
Hizo un comentario sobre mi vulva bien depilada y luego volvió a hundir su lengua más profunda en mi vagina, comenzando a succionar mi clítoris. Así estuvo por más de quince minutos, haciéndome retorcer gimiendo de placer mientras sentía su lengua recorriendo el interior de mi vagina.

Entonces se quitó la ropa y me ofreció su monstruosa verga para que la recibiera con mi boca. Sonrió diabólicamente al decirme:
“Anoche me excité mucho más todavía cuando te descubrí espiándome”
Abrí mi boca al máximo y comencé a chupársela, aunque pronto descubrí que semejante grosor apenas me cabía entre los labios. Decidí pasar mi lengua por esa gruesa cabeza, algo que excitó de manera increíble al viejo.

Unos minutos después, con esa verga totalmente erecta y dura, Don Alberto me levantó aferrándome por la cintura y me volteó boca abajo sobre una mesa pesada. Quedé de espaldas a él y le escuché decir:
“Qué hermoso culo, Anita, te voy a dar una buena dosis de verga por ahí”.

Agarro su verga parada y me empezó a dar pequeños golpes en mis nalgas, mientras yo meneaba mi trasero en círculos. Al final no soporté más y giré mi cabeza para suplicarle que me cogiera de una buena vez…
“Cójame, por favor… no me haga desear más…” Le dije casi llorando.

Pude ver una mueca de satisfacción en su rostro: había logrado lo que quería desde el principio; doblegarme y que yo misma le pidiera verga…

“Ya sabía que ibas a pedirme verga, putita, yo te la voy a dar…”

Me tomó por los cabellos y me hizo mirar hacia adelante, mientras sentía que su tremenda verga se deslizaba entre mis cachetes abiertos. Una y otra vez me apoyó esa cosa enorme sobre mis labios vaginales, pero sin penetrarlos. Yo estaba cada vez más excitada; sentía mi concha mojada y ardiendo; ya no podía esperar más…

Sus manos callosas abriendo mis cachetes y por fin la gruesa punta de su endurecida pija abrió suavemente los labios externos de mi vulva.
“Despacio, por favor, Don Alberto… me duele…” Supliqué.
“Tranquila, Anita; te la voy a meter despacio hasta el fondo…” Respondió.

Su verga seguía abriéndose paso dentro de mi vagina y yo permanecí quieta, ahogando un gemido de dolor, mientras esa cosa enorme invadía mi cuerpo.
“Esta conchita está muy apretada, Anita; mi sobrino tiene una pija chica?”.
“No, Don Alberto, es porque usted la tiene demasiado grande…?
“Ahora ya sabes por qué me llaman “el burro”… no?” Dijo riendo.

Yo empecé a sentirla mejor adentro; mientras gemía y daba agudos gritos entrecortados. El viejo me aferró por las caderas y se movió hacia adelante, terminando de penetrarme la vagina hasta el fondo. Luego comenzó a bombearme lentamente, mientras yo acompañaba sus movimientos, balanceando mi cola hacia él.
Así estuvimos por un buen rato; el viejo clavándome su verga mientras yo jadeaba, gemía y le suplicaba que me diera todavía más duro…

“Te gusta así, putita?. Ahora te voy a coger bien duro…”
Y con ello comenzó a arremeter con violencia contra mi trasero, hasta hacerme gritar como una perra en celo, sintiendo ese enorme ariete entrar y salir de mi ahora muy dilatada vagina.

Don Alberto parecía incansable; era increíble que un hombre de su edad tuviera semejante potencia y tantas ganas de coger…
Yo le gritaba que quería más y más y el viejo arremetía con todo…
De pronto mi cuerpo se convulsionó y aullé como poseída, mientras sentía otro orgasmo recorriendo mi cuerpo.
Eso pareció incrementar la calentura del viejo, ya que unos segundos después mi vagina recibió una descarga de semen hirviendo.

Don Alberto suspiró y se salió de mi cuerpo. Pero me tomó por los cabellos y me puso de rodillas frente a él, ordenándome que le chupara la pija hasta dejarla limpia.
Después de hacerlo me tomó por las axilas y me levantó para sentarme sobre la mesa. Allí quedé con las piernas abierta, mientras él metía sus dedos en mi concha bien inflamada y dilatada.

“Ahora sí, está bien abierta esta conchita, nena… te gustó mi pija…?
“Me volvió loca su pija, tío… quiero que me coja todos los días” Le dije.

Le dije que siempre estaría dispuesta a recibir semejante verga y que yo sería su puta cada vez que él quisiera cogerme…
Don Alberto sonrió y se dirigió al fondo, dejándome ahí sentada con las piernas abiertas, mientras sentía su semen saliendo de mi concha abusada.
Desde la puerta me dijo que me preparara para la noche siguiente, porque iba a disfrutar rompiéndome el culo como nadie nunca lo había hecho…

Yo sonreí y empecé a rebuscar dónde podía estar guardado ese dilatador anal que hacía mucho tiempo había comprado…

Bunlar da hoşunuza gidebilir...

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